Angee Monroy, psicóloga clínica y terapeuta en Bogotá
Valiosamente | Angee Monroy, psicóloga clínica

Acompañar procesos también es aprender a ser flexible

Una de las cosas que más he aprendido en mi experiencia como terapeuta es que cada persona tiene una historia, un ritmo, unas necesidades y una manera particular de relacionarse con lo que vive. Por eso, para mí, hacer terapia también implica aprender a ser flexible.

No todos los procesos avanzan de la misma manera ni necesitan las mismas herramientas. Hay momentos en los que como terapeuta necesito detenerme, observar qué está ocurriendo y preguntarme qué necesita realmente esa persona y qué puedo hacer de una manera diferente. Desde ACT, esto también significa no imponerle a la persona mi propio ritmo ni una idea de cómo debería avanzar.

La relación terapéutica y el compromiso con el proceso

La terapia no ocurre solamente dentro del consultorio. Es un proceso que construimos entre dos personas y en el que la relación terapéutica tiene un papel fundamental. Para mí, el respeto, la sinceridad, la confianza y el compromiso mutuo son esenciales.

También he aprendido que existe algo muy importante en terapia: el encuentro entre la persona y el terapeuta. No se trata solamente de conocimientos o técnicas, sino de encontrar una manera de trabajar en la que la persona pueda sentirse comprendida, respetada y suficientemente segura para involucrarse en su proceso.

La adherencia y la continuidad también hacen parte del cambio. Las actividades, ejercicios o prácticas entre sesiones no son tareas para cumplir por cumplir; son oportunidades para llevar lo que trabajamos en consulta a situaciones reales y comenzar a entrenar nuevas formas de responder.

Desde ACT, esto tiene mucho sentido: no buscamos que una persona solamente aprenda herramientas para sentirse mejor durante la sesión, sino que pueda utilizarlas en su vida cotidiana, relacionarse de otra manera con sus pensamientos y emociones y tomar decisiones más coherentes con sus valores.

La terapia no ocurre solamente dentro del consultorio. Lo que trabajamos cobra sentido cuando puede empezar a aparecer también en la vida cotidiana.

El cambio no es lineal: también aprendemos en las crisis

Una de las cosas que he aprendido acompañando procesos terapéuticos es que el cambio psicológico no ocurre de manera lineal. Una persona puede avanzar, sentirse mejor, comenzar a relacionarse de otra manera con sus pensamientos y emociones y, aun así, atravesar nuevamente momentos de dolor, ansiedad, tristeza, enojo o incertidumbre.

Las crisis también pueden aparecer durante un proceso terapéutico. No necesariamente significan que la persona haya retrocedido o que la terapia no esté funcionando. La vida continúa ocurriendo mientras hacemos terapia, y existen situaciones que pueden desbordarnos, pérdidas, conflictos, cambios inesperados o momentos en los que nuestros recursos se sienten insuficientes. En ese sentido, las crisis hacen parte de la experiencia humana y también pueden convertirse en momentos terapéuticamente importantes.

Hay una diferencia importante entre atravesar una crisis sin contar con herramientas para comprender lo que está ocurriendo y atravesarla teniendo un proceso terapéutico en el que se han aprendido nuevas formas de responder.

El objetivo de la terapia no es conseguir que una persona nunca vuelva a tener una crisis. El objetivo es que, cuando aparezca una situación difícil, no necesariamente tenga que responder de la misma manera en que lo hacía antes.

Con el tiempo, la persona puede empezar a reconocer las señales que aparecen, identificar qué está sintiendo, observar sus pensamientos sin asumir automáticamente que debe actuar desde ellos y recordar las herramientas que ha ido construyendo durante el proceso. Entonces aparece algo muy valioso: la posibilidad de elegir.

Elegir entre reaccionar como lo hacía antes o intentar poner en práctica aquello que ha aprendido. Elegir hacer una pausa antes de responder, pedir ayuda, poner un límite, tolerar una emoción sin escapar inmediatamente de ella, hablar de lo que necesita, aceptar aquello que no puede controlar o actuar de acuerdo con sus valores incluso cuando se siente mal.

Por eso, cuando un proceso terapéutico ha sido sostenido, una crisis no necesariamente se vive de la misma manera que antes. La frecuencia, la intensidad y la duración de las respuestas de crisis pueden cambiar, porque la persona cuenta con mayor conciencia, recursos y habilidades para relacionarse con lo que está ocurriendo.

A veces el cambio no se nota en que la persona nunca vuelva a sentirse mal. Se nota en que antes una situación podía llevarla durante semanas a desconectarse, evitar, reaccionar impulsivamente o sentirse completamente desbordada, y ahora puede reconocer lo que está pasando, utilizar herramientas, pedir apoyo y volver poco a poco a aquello que considera importante.

Para mí, eso también es parte del cambio psicológico: no aprender a vivir sin crisis, sino aprender a atravesarlas de una manera diferente.

Y quizá una de las cosas que más satisfacción me produce como terapeuta es cuando una persona vuelve a consulta y ya no llega solamente a contarme lo mal que se siente, sino que puede decirme: “Me pasó esto y esta vez hice algo diferente”. Ahí puedo ver que lo que trabajamos en consulta está comenzando a convertirse en una nueva manera de vivir.

El cambio también puede transformar los vínculos

Los cambios que una persona construye en terapia no se quedan únicamente en su mundo interno. Muchas veces comienzan a transformar la manera en que se relaciona con las personas que hacen parte de su vida.

En los procesos familiares, por ejemplo, puede ser muy significativo cuando padres e hijos empiezan a comprenderse de una manera diferente. Cuando disminuyen las críticas, la defensividad o la distancia y aparecen nuevas formas de escuchar, expresar necesidades y responder. No se trata de decidir quién tiene la razón, sino de comprender qué está viviendo cada persona y qué patrones de interacción pueden estar manteniendo el malestar.

También ocurre en las relaciones de pareja. Puedo comprender profundamente lo difícil que puede ser vivir una relación en la que las personas dejan de escucharse, sienten que el otro no las comprende y terminan viviendo en una especie de guerra constante. El dolor, el miedo, la frustración y las quejas pueden hacer que cada persona se defienda cada vez más.

Por eso puede ser muy valioso que cada integrante tenga también un espacio individual para detenerse, observar sus propios patrones, reconocer qué hace con su dolor y volver a conectar con aquello que quiere construir. Me genera mucha satisfacción cuando, después de ese trabajo individual y de una mayor conciencia, una pareja logra volver a encontrarse. No significa que desaparezcan los conflictos, sino que pueden comenzar a responder de una manera diferente, escucharse, expresar lo que necesitan y tomar decisiones más conscientes.

Acompañar a adultos mayores y sus familias

En el caso de los adultos mayores, también he encontrado un significado especial en acompañar no solamente a la persona, sino a su familia. A veces el adulto mayor puede sentirse vacío, ansioso o triste y al mismo tiempo tener miedo de convertirse en una carga para sus hijos. Después de una vida marcada por el trabajo, las responsabilidades y el cuidado de otros, puede resultar difícil detenerse, descansar o pensar en las propias necesidades.

Cuando la familia logra comprender mejor lo que está viviendo esa persona, también puede cambiar la manera de acompañarla. Apoyar no significa hacer todo por ella ni quitarle autonomía. Significa escuchar, comprender sus necesidades emocionales, respetar su historia y permitirle seguir tomando decisiones sobre su propia vida.

Por eso, para mí, el bienestar psicológico nunca está completamente aislado de los vínculos. Lo que una persona aprende sobre sí misma también puede transformar la manera en que ama, pone límites, se comunica, trabaja, descansa y se relaciona con quienes son importantes para ella.

Acompañar a adolescentes

Siento una empatía especial por los adolescentes y por el dolor emocional que pueden experimentar. Desde la mirada de un adulto, algunas de sus preocupaciones pueden parecer pequeñas: “no es para tanto”, “está llamando la atención”, “eso son bobadas” o “ya se le pasará”. Sin embargo, que una situación parezca pequeña desde afuera no significa que el dolor que produce no sea real.

Durante mi propia adolescencia hubo momentos en los que una ruptura o que una persona importante dejara de hablarme podía sentirse como si el mundo se terminara. En ese momento no tenía las herramientas ni la perspectiva que hoy tengo como adulta y como profesional. Lo que sentía era intenso y verdadero.

Creo que esa experiencia me permite acercarme al dolor adolescente sin minimizarlo. No necesito considerar que todo comportamiento es adecuado para poder comprender lo que hay detrás de él. La terapia puede ofrecer un espacio donde el adolescente pueda sentirse escuchado y tomado en serio, comprender lo que está viviendo, aprender a relacionarse de otra manera con sus pensamientos y emociones y desarrollar herramientas para afrontar las situaciones difíciles.

Cuando es necesario trabajar también con los padres, considero fundamental ayudarles a comprender qué puede estar experimentando su hijo o hija desde una perspectiva diferente. No se trata de justificar cualquier conducta, sino de comprender mejor lo que ocurre para poder responder con mayor cercanía, claridad y efectividad.

Cuando veo que lo trabajado empieza a aparecer en la vida

Una de las cosas que más satisfacción me produce como terapeuta es cuando una persona vuelve a consulta y ya no llega únicamente porque está en crisis, sino para contarme algo que logró hacer diferente.

Puede ser un adolescente que pudo expresar lo que sentía sin aislarse, un padre que logró comprender mejor a su hijo, una persona que pudo poner un límite, decir que no, hablar con su jefe, tolerar una emoción difícil sin escapar de ella o tomar una decisión que llevaba mucho tiempo evitando.

Esos momentos tienen un significado especial para mí porque muestran que la terapia está saliendo del consultorio y entrando en la vida.

Desde ACT, para mí, las herramientas tienen sentido cuando ayudan a la persona a vivir de una manera más cercana a lo que considera importante. Cuando puede recuperar espacios, relaciones, decisiones, descanso, autonomía o proyectos que habían quedado en segundo plano.

Acompañar ese proceso es un privilegio. No porque el terapeuta haga el cambio por la persona, sino porque tiene la oportunidad de acompañarla durante una parte de ese camino y observar cómo, poco a poco, va construyendo mayor autonomía.

Para mí, el cambio empieza a ser real cuando lo que trabajamos en consulta comienza a aparecer en la vida de la persona.

Mi propósito como terapeuta

Mi propósito como terapeuta es que aquello que comprendemos, practicamos y construimos en terapia pueda convertirse progresivamente en nuevas formas de vivir, relacionarse, tomar decisiones y estar consigo misma y con los demás.